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la cruzada de los niños

Posted in Afeitado on 28 enero 2017 by txomingoitibera

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En Polonia, en el año treinta y nueve,
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.

Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.

No llegaba ya nada de Polonia.
Ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este circulaba.

La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños que, en Polonia
partieron en cruzada.

Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les iban uniendo muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.

De batallas y negras pesadillas
querían escapar
para llegar, al fin,
a algún país en el que hubiera paz.

Había, entre ellos, un pequeño jefe
que los organizó.
Pero ignoraba cuál era el camino,
y ésta era su gran preocupación.

Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
mas no tierra de paz.

Un pequeno judío iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
y al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.

Más tarde se sumaron dos hermanos,
y ambos eran muy buenos estrategas
para ocupar las chozas que en el campo
los campesinos cuando llueve dejan.

También había un niño muy delgado
y pálido que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de una embajada nazi.

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Y un músico, además, que en una tienda
volada había encontrado un buen tambor.
Tocarlo les hubiera delatado,
y el niño músico se resignó.

Y hasta un perro llevaban que, al cogerle,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.

También había una escuela
y en ella un maestrito elemental.
La pizarra era un tanque destrozado
donde aprendían la palabra «paz».

Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
de un arroyo invernal.
Pudo tocar el niño su tambor
pero no le pudieron escuchar.

No faltó ni siquiera un gran amor:
quince años el galán, doce la amada.
En una vieja choza destruida,
la niña el pelo de su amor peinaba.

Pero el amor no pudo resistir
los fríos que vinieron:
¿cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?

Hubo incluso una guerra
cuando con otro grupo se encontraron.
Pero viendo en seguida que era absurda,
la guerra terminaron.

Cuando era más reñida la contienda
que en tornó á una garita sostenían,
una de las dos partes
se quedó sin comida.

Al saberlo la otra, decidieron
un saco de patatas enviar
al enemigo, porque sin comer
nadie puede luchar.

A la luz de dos velas
un juicio celebraron.
Y, tras audiencia larga y complicada,
el juez fue condenado.

Hubo un entierro, en fin: el de aquel niño
que tenía en el cuello terciopelo.
Dos alemanes junto a dos polacos
enterraron su cuerpo.

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No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.

Mas nadie acuse al pobre que a su mesa
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta
mucha harina: no basta la bondad.

Si se presentan dos, o incluso tres,
es fácil que cualquiera los atienda.
Mas cuando llegan niños en tropel
las puertas se les cierran.

En una hacienda destruida, harina
hallaron en pequeña cantidad.
Una niña en mandil, de once años,
durante siete horas coció pan.

Amasaron la masa largamente,
la leña, bien cortada, ardía bien,
pero el pan no subió
porque ninguno lo sabía cocer.

Decidieron marchar,
buscando sol, al Sur. El Sur
es donde a mediodía todo
está lleno de luz.

A un soldado encontraron
herido en un pinar.
Siete días cuidándole, y pensaban:
«Él nos podrá orientar.»

Mas el soldado dijo: «¡A Bilgoray!»
Debía de tener
mucha fiebre: murió al día siguiente.
Le enterraron también.

Y los indicadores que encontraban
la nieve apenas los dejaba ver.
Pero ya no indicaban el camino,
todos estaban puestos al revés.

Aunque no se trataba de una broma:
sólo era una medida militar.
Buscaron y buscaron Bilgoray,
mas nunca la pudieron encontrar.

Se reunieron todos con el jefe,
confiados en él.
Miró el blanco horizonte y señaló:
«Por allí debe ser.»

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Vieron fuego una noche:
decidieron seguir sin acercarse.
Pasaron tanques, otra vez, muy cerca,
pero iban hombres dentro de los tanques.

Al fin, un día, a una ciudad llegaron,
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.

Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.

Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo cómo vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.

Por encima de ellos, entre nubes,
caravanas inmensas
penosamente avanzan contra el viento,
y, sin patria ni meta,

van buscando un país donde haya paz,
sin incendios ni truenos,
tan diferente a aquel de donde vienen.
Y, unidas, forman un cortejo inmenso.

Y, al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.
Ahora veo caras de otros niños:
españoles, franceses, orientales…

Y en aquel mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco
que llevaba un cartel de cartón al cuello atado.

Decía: «Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.

Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No le matéis. Sólo el
conoce este lugar.»

Era letra de niño
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.

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(Bertolt Brecht: del libro Historias de almanaque, 1939)

 

 

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WASHINGTON, USA - JANUARY 23: Elli runs down the snow covered street ahead of his owners in Rockville, Md., USA on January 23, 2015. Parts of the Washington region are seeing as much as 30 inches of snow since just the day before. (Photo by Samuel Corum/Anadolu Agency/Getty Images)

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Mister Taylor, un cuento de Augusto Monterroso

Posted in Afeitado on 6 julio 2016 by txomingoitibera

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V0031271 Horatio Robley, seated with his collection of severed heads

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-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.-

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.

En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.

Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.

De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:

-Buy head? Money, money.

A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.

Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.

Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.

Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.

Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.

Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.

De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.

Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.

Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.

Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.

Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.

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Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.

Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.

Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.

Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.

Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.

Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.

Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.

De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.

Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.

Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.

¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.

Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.

Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.

Fue el principio del fin.

Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.

El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.

Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.

En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.

Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.

De repente cesaron del todo.

Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer.”

FIN

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aristocracia

Posted in Afeitado, Dignidad on 18 abril 2013 by txomingoitibera

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SOY UNA ARISTÓCRATA 

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Árboles de la ribera,
tened compasión de mi
que estoy diciendo de veras
y nadie me quiere oír.
Esto es morirse de pena

-Fandango-

Inés Illán (Profesora jubilosa de la Universidad de Oviedo)

         Llevo un tiempo haciendo una especie de trabajo de campo intensivo, a mi manera: introduciéndome en territorios virtuales y reales; leyendo, viendo y escuchando voces, ideas, sentimientos y sentires de hombres, mujeres, jóvenes con suerte y jóvenes destrozados, pero todavía esperanzados. Increíble, pero cierto. También me he topado con “humanoides”, que no son solo los banqueros, o los políticos y sindicalistas, tan denostados.

        Nos lo advirtió Pier Paolo Pasolini: “la burguesía –así decíamos ayer- no es una clase social, sino una enfermedad contagiosa” que genera al “último hombre”, conformista, superficial, impasible, sin conciencia de los valores fieramente humanos y, por tanto, despreciable. Así lo creía F. Nietzsche que, con su irracionalismo burgués a cuestas, nos encandiló anunciándonos la llegada de un “suprahombre”, dueño de sí y confiado en su propio poder. Pero el hombre real, Nietzsche, contagiado de sí y de su herencia familiar e incapaz de emanciparse de lo mismo que denunciaba, se equivocaba; también él se equivocaba, porque ese “último hombre” no fue reemplazado por el “super o suprahombre”, sino por el hombre-máquina, calculador y autómata emocional,  creativo de novedades pero de escasa inventiva, para imaginar y forjar algo original, con potencia para enfrentarse al dominio de las corporaciones y las élites económicas, políticas y las pensantes  I+D+i.

         No es de extrañar que la sordera de los mandamases ante las necesidades y demandas vitales de la gente, junto con el protagonismo absoluto de la mentira político-moral y los enredos mediáticos, sea la “marca de clase” de nuestra transaccional democracia, venida al mundo sin haber roto aguas por la vía natural de una ruptura democrática. Quizás por esa forma de nacimiento, las libertades colectivas e individuales de los de abajo, son de día en día culpabilizadas, castigadas, mermadas y, lo que es peor, aceptadas como el precio a pagar por habernos resignado a vivir por debajo de nuestras posibilidades de desarrollo intelectual y moral. Desde luego se mantiene, con muchas limitaciones, la libertad de expresión, pero apenas se practica esa otra forma de libertad que los antiguos griegos conocían como “parresía”, algo más profundo y de mayor alcance que la mera libertad de expresión.

         (Un paréntesis: “parresía” o práctica de decirlo todo, significa libertad en el uso del lenguaje, franqueza, sinceridad, alegría, confianza. Requiere que, al manifestar su verdad como opinión, el sujeto corra un riesgo en la relación que mantiene con su destinatario. Si este tiene poder y es incapaz de tolerar la verdad, el riesgo puede convertirse en un peligro real. En la “parresía”, el receptor de la verdad –el pueblo, el Rey, el Gobierno, el amigo, el amante- debe hacerse cargo de ella, por ofensiva que sea, pues se supone que quien se arriesga a cantar las cuarenta, ha de ser escuchado. La “parresía” viene a ser un pacto entre el arrojo de decir la verdad y la generosidad o magnanimidad de aceptarla. Así, más o menos, lo explicaba Foucault. Creo que podemos estar de acuerdo en que la “parresía”, en estos tiempos, no es una práctica político-moral y ética habitual).

         Hay que reconocerlo. Escuchar, cansa. Nos deshace y eso produce angustia, al no saber si será posible rehacernos como seres humanos. Pero da la impresión de que toleramos mejor ser desechos que deshechos, de la misma manera que imaginamos, con más naturalidad, el fin del mundo que el fin del capitalismo, sistema de producción de la vida que, con su atracción fatal, nos mantiene en ascuas, en un continuo no saber a qué mercado y ofertas atenerse. Sí, trabajar cansa; escuchar, cansa, pro nadie negará que ambas “actividades” tienen sus compensaciones. Un poco de paciencia, que cuento, para ir al grano:

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         Hace aproximadamente un mes, tomaba el aperitivo con unos jóvenes (¡cuarentones! o sea, como hijos míos); uno de ellos trajo a colación lo que Machado, por boca del maestro Mairena, entendía que era o debía ser la democracia: una forma política cuyo  objetivo no podía ser otro que “HACER DE CADA SER HUMANO UN ARISTÓCRATA”; nunca  una piltrafa, un trapo viejo, un “instrumentum vocale”, un recurso de usar y tirar o, en el mejor de los casos, una persona de “industria”, hábil en artimañas y facultades para la supervivencia. En nuestra distendida charla habíamos contado y comentado los pasos de la procesión económico-política, en dirección al Matadero, a la que como espectadores y sufridos penitentes estábamos asistiendo. Los “pasos” son conocidos, en carne viva, por todos. Nos unía el afán, el estudio, el deseo compartido de intentar modificar tal estado de cosas, intolerable por mezquino e indecente. La lucha sería dura y los efectivos muy desiguales. Coincidíamos en que los sujetos que tendrían, tendríamos que corregir los desaguisados, estábamos aherrojados, azotados, con una sensación de impotencia y minusvalía paralizante, dándonos de antemano por desahuciados. Pero nos dijimos: da igual. Esa “corrosión del carácter” puede ser tratada. Y, en memoria de Beckett, casi al unísono, proclamamos: “Jamás fracasar. Probar otra vez. Fracasar otra vez. Fracasar mejor”. No se nos ocurra imitar a esa izquierda pacata, contumaz en el autoengaño y acostumbrada a concebir la política como una cuenta de resultados, un asunto de prevención de riesgos y de gestión de lo dado, más que como un compromiso moral, capaz de  poner la vida en juego, por lo que se necesita y se ama.Y, de pronto, uno de los presentes dijo: recordemos. En situaciones difíciles y conflictivas, cuando especialistas y expertos habían fracasado (era lo normal entonces y ahora), los griegos antiguos recurrían a los poetas. Eran ellos quienes finalmente zanjaban las cuestiones imposibles. Recurramos también nosotros a los poetas, a D. Antonio Machado, por ejemplo y hagamos nuestras las palabras del Maestro Mairena.  Atrevámonos a ser aristócratas, a sabiendas de que nobleza obliga. Procuremos los medios para llegar a serlo. No nos resignemos al eclipse de la razón ilustrada y al empantanamiento de nuestras vidas minúsculas. Proclamemos a los cuatro vientos, nuestra condición, nuestro deseo, nuestro compromiso democrático: “SOY UN ARISTÓCRATA, SOY UNA ARISTÓCRATA y no me resigno al déficit político democrático, a la tacañería económica y sus contabilidades creativas, al sadismo moral que, a golpes de hisopo y de decretos, trata de regular nuestras vidas, al dictado de la más rancia y corrosiva carcundia. ESTOY FURIOSA, ESTOY FURIOSO y no aguanto más el actual estado de cosas, que atenta contra las vidas, anula las conciencias y arrincona la imaginación, la memoria y la esperanza. Todo a la vez y paso a paso de oca.

         La ocurrencia nos parecía una idea estimulante y decidimos difundirla. Mis jóvenes amigos en sus redes sociales. Una, que ni está ni se la espera en “feiss” ni en “tuits”, recibió el encargo de ocuparse de otros “medios”. Y aquí estoy, contándolo en La Nueva España, a ver qué pasa. No dejarse avasallar, responder organizada y colectivamente a los atropellos: esa es la cuestión y es urgente. Se trata de una emergencia. Lo sabemos.

        Quede dicho, en memoria de mi padre, Abraham y de todos aquellos (plural genérico) defensores de la legalidad republicana que fueron perseguidos, maltratados, llevados al cuarto oscuro, reducidos al silencio y despojados del ejercicio de sus profesiones. Y no desertaron. En agradecimiento a esos ciudadanos, aristócratas honestos que actuaron como guardianes entre el centeno y pelearon como leones y nunca fueron condecorados con cruces, ni medallas, ni placas de sufrimientos por la patria. Sería una indecencia y un desatino olvidarlo: el pasado también tiene derechos.

         Salud y fuerza, ciudadanos aristócratas.

LARTIGUE

Artículo publicado en La Nueva España

fuck the thatcher legacy

Posted in Afeitado, Arcadas, Puta miseria on 11 abril 2013 by txomingoitibera

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priapismo

-Gracias, María Luisa-
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aesthetic anger

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hell privatised

Que la entierren boca abajo

una portada

Posted in Afeitado, Así es la vida, Puta miseria, Teleñecos on 5 marzo 2013 by txomingoitibera

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Portada-de-El-Periodico-de-Catalunya

hace 36 años

Posted in Afeitado, Golpe de Estado, Pepeísmos, Sin futuro on 1 febrero 2013 by txomingoitibera

En 1977 la revista El papus publicaba este diagnóstico exacto de la situación actual.

Por cierto que la auténtica corrupción reside ahí, los sobres son la anécdota.

el papus 1977

No estaría bien publicar esta viñeta sin citar la fuente https://twitter.com/pedroma2014/status/296199305394544641

empresario modelo

Posted in Afeitado, Arcadas, Berlusconización, La hostia bendita, La lancáster Burt Cagaste, Pepeísmos, Prietas las filas, Puta miseria, Teleñecos on 5 diciembre 2012 by txomingoitibera

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El espejo en el que se ha mirado -y se mira- el empresariado español. Lo que disferencia a este tipo de buena parte de sus congéneres es que lo han trincado. Debía ser tal su sensación de impunidad que no se ha molestado en tomar la más mínima precaución.

Sobre él escribió Arturo Fernández (no el guapo sino el otro, pero bueno, da igual) lo que sigue:

En defensa de los intereses de los empresarios españoles

ARTURO FERNÁNDEZ, PRESIDENTE DE CEIM
Actualizado 03/01/2010 – 03:51:15
 Soy presidente de CEIM-Confederación Empresarial de Madrid, que con más de 300 organizaciones empresariales de base integradas en ella, representa a cerca de 500.000 empresarios madrileños. Consideramos que no es aceptable la campaña de acoso y derribo que desde diferentes ámbitos se está desarrollando contra el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán.
Por desgracia para todos, miles de empresas en nuestro país están cerrando debido a la que es una de las mayores crisis de la historia reciente. Es una verdadera catástrofe que hayan desaparecido ya más de 300.000 empresas en España y que no podamos ver visos de que esta sangría vaya a terminar a corto plazo.
El presidente de la CEOE además, es empresario, y como tal no es inmune al deterioro de la economía, y su grupo empresarial, al igual que el 100% de los empresarios de este país, está teniendo problemas por falta de financiación. Sería muy extraño para todos los españoles que en una crisisdíaz ferrán-esperanza como la actual, el grupo empresarial ligado al presidente de la CEOE hubiera registrado beneficios record. Todos los medios hubieran saltado con seguridad acusándole de aprovechar el cargo en su beneficio.
La situación es la contraria, Gerardo Díaz Ferrán además de dedicar gran parte de su tiempo a defender los intereses de los empresarios, es el primero que sufre en su propia empresa la crítica situación actual. Para todos los empresarios es un honor poder contar con Gerardo Díaz Ferrán como nuestro presidente. El pasado 16 de diciembre celebramos la junta directiva de la CEOE y, en ella, dimos a nuestro presidente nuestro respaldo unánime a su labor.
Respetando todas las opiniones vertidas en estos últimos días, lo que hay que tener muy claro es que la continuidad del presidente de la CEOE depende única y exclusivamente de sus órganos de gobierno. CEOE es una organización independiente y su junta directiva y su asamblea general son sus máximos organismos y, en ambos, nuestro presidente cuenta con un respaldo mayoritario.
Gerardo Díaz Ferrán vive por y para la defensa de los empresarios, lleva en las venas el movimiento asociativo desde hace más de 30 años. Todas las organizaciones por las que ha pasado como presidente cuentan por éxitos todos sus mandatos y en todas ellas ha conseguido enormes y muy importantes resultados que han sido beneficiosos para todos los empresarios y en definitiva para todos los españoles. El pasado mes de abril fue reelegido al frente de la CEOE para afrontar una tarea que muy pocos se hubieran atrevido a llevar adelante: la transformación y modernización de la principal organización empresarial española. Está realizando al frente de la CEOE una gran labor y siempre ha tenido como principal prioridad la defensa de la libre empresa, a pesar de las enormes presiones que ha tenido que sufrir por ello.
Él ha hecho del esfuerzo, la dedicación, la transparencia, el trabajo en equipo y la independencia las claves de su labor al frente del empresariado rajoy díaz ferránespañol, pagando un precio muy importante por su comportamiento sincero y leal, en defensa de los intereses de los empresarios, que todos reconocemos y valoramos. Gerardo Díaz Ferrán es un líder empresarial con visión de futuro que con el respaldo de todos los empresarios está situando a la CEOE y al empresariado español a la vanguardia de la economía europea.
Ojalá tuviéramos en nuestro país muchos más empresarios de la grandeza y la talla de Gerardo Díaz Ferran.
Ahora don Arturo disimula, no sabe no contesta y dice que el asunto está en manos de los jueces. Ya no parece tan locuaz; le ha debido comer la lengua el gato.
arturo fernández habla de díaz ferrán