Los okupas (Lluís Bassets)

Los okupas atacan de nuevo

Nunca se han quedado quietos. Un buen okupa sólo da sentido a su vida si sigue okupando. Diez meses de tregua, aunque fuera parcial, no podía crear más que intranquilidad y malestar entre estos personajes guiados por un sentido de la equidad y de la justicia invertido. De manera que ayer a las seis de la tarde, las doce para ellos, celebraron a lo grande la reanudación de sus actividades. Centenares de nuevos proyectos de okupación se pondrán en marcha a partir de ahora, mal les pese a los propietarios y titulares de los territorios okupados, en abierto desafío a lo que todo el mundo les pide.

Esos okupas son muy especiales. Los que solemos conocer en nuestras ciudades son gentes de pocos medios, que se introducen en casas desocupadas, por lo común pertenecientes a a propietarios sobrados de medios y de viviendas. No suelen contar con medios económicos para sufragar obras ni para hacer reparaciones. Y sufren, por supuesto, la hostilidad de las autoridades: los policías que los desalojan, los jueces que les condenan, los bomberos que luego desinfectan, clausuran y tapian los edificios.

Están fuera de la ley y como a tales todo el mundo les considera. Los okupas sobre los que hoy escribo, en cambio, son distintos. En primer lugar, ellos son los pudientes en comparación con la pobreza y la precariedad de los propietarios legítimos. No se meten en casas desocupadas, sino que hacen exactamente lo contrario: procuran que los habitantes se vayan para colarse en sus casas y establecerse allí de por vida. Tienen todos los medios económicos que quieren: donaciones de fundaciones internacionales y ayudas públicas del propio Estado, que gasta más en ellos que en los ciudadanos normales y pacíficos que no se dedican a okupar las casas de los otros. Suelen contar, incluso, con la protección del ejército y se da el caso incluso de que lo tienen infiltrado de okupas empeñados en defender sus okupaciones antes que la seguridad nacional.

Estos, como los otros, están fuera de la ley y sus actos de okupación son jurídicamente ilegales, moralmente incalificables y políticamente perjudiciales para la paz en el país y en la región, pero todo esto a ellos les importa muy poco porque aseguran con todo el aplomo que un contrato milenario otorgado por la divinidad en la que ellos creen les concede a ellos y sólo a ellos la propiedad sobre el país en el que viven los propietarios con títulos civiles de estas tierras.

Pero su máxima ventaja es que, además, tienen un buen montón de ministros en el propio Gobierno de su país. Es insólito pero así es: se trata de un Gobierno de okupas, presidido por un primer ministro que con diez meses de suspender la okupaciones se da por satisfecho. Lo más gracioso del caso es que este primer ministro asegura que está negociando con los propietarios una fórmula para que los okupas desalojen algunas okupaciones y les dejen algo de espacio para vivir decentemente en su casa. Pero un gobierno de okupas no puede negociar nada, ni siquiera algunas pequeñas desocupaciones, sin cejar en su actividad, la actividad que le da sentido, que es seguir expoliando propiedades a los únicos propietarios legítimos.

Todo tiene su lógica cuando el interés más material y egoísta se sitúa en perfecta sintonía con el nacionalismo excluyente y con un Dios intervencionista que concede títulos de propiedad. Nada hay más sencillo y popular que una patria bendecida por los cielos que además te subvenciona la vivienda y te da de comer. Una gran causa al servicio de la causa más miserable.

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